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Nuestro
orgullo es ver el Color del pan crujiente tras el esfuerzo de la
frente llena de sudor y contemplar el fruto de tu desvelo a punto
para ofrecerlo a nuestra gente, la que cada día confía
en nuestro trabajo. Escuchar en el despacho el ¡buenos días!
alegre de la vecina que madruga para llevar a los suyos el nuevo pan
recién horneado como un tesoro. Sabemos qué le gusta al amigo. Qué punto tienen que tener las magdalenas y los rollos, los mantecados, las empanadillas, los hornazos, las... todo, todo. |
En realidad,
sabemos ver cómo miran nuestros mostradores llenos
de secretos y trucos que sólo nos contó nuestro padre,
maestro inigualable, cuando sabia que guardaríamos la fórmula
ancestral con siete condados.
Los mismos secretos que sólo transmitiremos a quienes realmente merezcan nuestra confianza. Recuerdo con felicidad el horno de mi padre, ese olor a leña al derrumbarse en la entraña del hogar y arder ligera... y el aire huele a montaña, a olivos, a |
rastrojeras...
Las paredes se calientan, forma el humo remolinos y crepitan y revientan a chispazos los espinos. Y poco a poco, el fuego empieza a darle el color al pan. No hay gozo parecido a la emoción que se siente cuando al subir la masa y dorar su cresta, se abre el horno y de repente ves el punto de tu mano y adivinas con una sonrisa de complicidad, cuando alguien roba el pico de una barra, a hurtadillas, como quien roba una piedra preciosa. |
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